El bautismo cristiano
Juan bautizaba en el río Jordán a aquellos que reconocían sus pecados y buscaban cambiar su vida en preparación para la venida del Reino de Dios y su Mesías. Este bautismo era un acto externo de una purificación interna que ya había ocurrido y un llamado a volverse a Dios de corazón. El bautismo de Juan está enfocado en las personas que ya se han arrepentido en lo personal y se preparan para el reino de Dios, o sea, un estilo de vida donde Dios reina o gobierna. El bautismo cristiano enfatiza la identificación con la muerte y resurrección de Cristo, y la incorporación a la comunidad de creyentes, la Iglesia. Ambos están conectados histórica y teológicamente, pero se distinguen por su enfoque y significado.
El bautismo en agua para los cristianos es:
- Una demostración de que ha ocurrido un cambio interior (como en el bautismo de Juan), un volverse a Dios en actos y de corazón.
- Un compromiso de entregarse al señorío de Jesús (1 Cor 1.12-16) y,
- Una dramatización a través de la propia vida del discípulo de aquello que ocurrió en la muerte, sepultura y resurrección de su Señor Jesús. El agua es el sepulcro en donde el creyente, representando y recordando a su Señor, es sepultado para luego salir, así como Jesús salió de la tumba y resucitó de los muertos. Al salir el creyente anuncia que vive y vivirá para Dios.
Simboliza la muerte al pecado y el nacimiento a una nueva vida en Cristo (Romanos 6:3-4). - El bautismo cristiano muestra sobre todo una unión con Cristo Jesús. Los textos de Rom 6.4 y 2.12, hablan del bautismo como un medio para ser sepultado con Cristo, un medio para identificarse con Él en sus sufrimientos, muerte (al pecado), y resurrección para la vida (Ro. 6.5; 3.17; 2 Co. 1.5; 4.10; Ga 2.20; 6.14; Fil. 3.10).
- El bautismo cristiano muestra una identificación con Cristo Jesús. Así como uno es sumergido en agua, uno es sumergido en la persona de Cristo (Rom 6.3). Así como uno es empapado de agua, uno es empapado del Espíritu de Cristo.
Al entrar a las aguas el creyente piensa en voz alta: “así como Jesús murió al pecado, así yo he muerto al pecado y a la vida sin Dios. Me arrepiento de la vida pecaminosa. No viviré alejado de Dios, no me comportaré más como un pecador. Muero a mis miedos, incapacidades y conflictos. Hoy demuestro con este acto que Jesús murió, fue sepultado y yo también con Él. He muerto al mundo y el mundo a mí. Me levantaré no en mis propias fuerzas sino en el poder de la vida que procede de la muerte.”

Al salir de las aguas el creyente ora en voz alta: “así como Dios resucitó a Jesús, así también me da el poder para vivir una vida nueva. Ahora vivo para Dios y su vida me llena de propósito, esperanza y fuerzas. Cristo se levantó de los muertos, yo me levanto también para vivir para Dios. Mi pasado quedó atrás. Soy una nueva persona, puedo escribir una nueva historia en mi vida.”
El objetivo fundamental de la persona que se bautiza es que crea, entienda y se comprometa. No estoy convencido de bautizar niños que no pueden arrepentirse, ni hacer este compromiso personal con Dios ni tomar la decisión de seguir a Jesús como Señor en sus vidas. Dice Mt 3.1-2 “1 En esos días, Juan el Bautista llegó al desierto de Judea y comenzó a predicar. Su mensaje era el siguiente: 2 Arrepiéntanse de sus pecados y vuelvan a Dios, porque el reino del cielo está cerca.” Pidió a los judíos que admitieran que eran pecadores y necesitaban reconciliarse con Dios. Esto implicaba que admitieran que ser judíos no era garantía de ser salvos. Nacer en una familia judía miembro del pacto no era garantía de ser hijo de Dios. El bautismo se basa en el arrepentimiento y la fe personal e individual.
“Arrepentíos y bautizaos” (Hch 2,38). Esta es la llamada de Dios. Este es el camino de la obediencia y de la vida.
